13 junio 2008

¿65 horas? ¡¡Ni de coña!!

A raíz de la propuesta por parte de la comisión europea de aumentar la jornada semanal a 65 horas, la red se ha movilizado para manifestar su protesta a los eurodiputados. Desde Enclave Socialista nos sumamos a la iniciativa y animamos a que te apuntes a ella.

Si quieres mandar el mensaje a todos los eurodiputados, lo puedes hacer desde aquí, rellenando las casillas que hay bajo el banner.


Cuando pulses a “enviar”, TODOS los eurodiputados recibirán la siguiente carta automáticamente:

Estimado/a Eurodiputado/a

Me llegan noticias de que procedente de la comisión, va a llegar al parlamento europeo una propuesta donde se establece en 65 horas el máximo de una jornada laboral.

Desde mi humilde posición de ciudadano, me veo en el deber de comunicarles que no tengo intención de votar al partido que se atreva a hacer tal perjuicio a los ciudadanos españoles. Tanto si es el PSOE como el PP o de cualquier otro partido, me volveré en su contra con mi humilde voto y las herramientas que como comunicador, blogger y semi-periodista tenga a mi disposición.

Dicha medida en caso de ser aprobada no solo no aumentará la productividad sino que generará más paro y nos hará más difícil alcanzar la meta del pleno empleo, necesario para que la sociedad avance de manera equilibrada y no se rompa por culpa de un paro que desestabiliza a todos. Ni la izquierda ni la derecha, debe ver en estas directrices europeas la base de un futuro desarrollo, ya que nos convertirá en todo lo que hemos odiado siempre, una sociedad conflictiva al modelo estadounidense, donde los valores no son nada, ni los de la izquierda, ni los de la derecha. Solo hacer dinero será lo importante, acabando con todo lo demás, abriendo el camino al crimen y a la miseria, que a todos afecta.

Manifiesto mi hostilidad y la de muchos que me rodean a dicha medida, a los individuos, que con el peso de su conciencia se atrevan a dar tan increíble paso atrás en nuestras sociedades europeas avanzadas, degradando así el nivel de vida general de las ciudadanas y ciudadanos europeos. Espero que usted, juegue el rol que le corresponde y sirva a la sociedad española en su conjunto, como miembro electo de dicho órgano.

(De paso le animo a que busque en internet, se está generando una campaña en contra de esta medida que busca organizar a la gente contra esto.)

Reciba un cordial saludo

1 Comments:

At 14.7.08, Blogger raúl pleguezuelo said...

Hola basura estalinista.

Aquí sigo, agazapado y echándote el aliento en la nuca.

Mira este retrato tuyo. Te describe perfectamente.

Es especialmente interesante este párrafo: "El progresista finge un estado de encandilamiento cuando se refiere a las conquistas del régimen de Fidel Castro o cuando muestra su apoyo a los movimientos antiglobalización. Por supuesto, no soportaría vivir en Cuba ni prescindir de las ventajas que el fenómeno de la globalización ha convertido en cotidianas para la mayoría de los ciudadanos."

Es curioso que tú mismo hayas mostrado tu admiración por Fidel Castro y, al mismo tiempo, hayas renegado de vivir allí. Curios, ¿verdad?. La forma de retratarte fielmente es increíble. Parece que el autor del artículo te hubiera parido. Claro, es que todas las serpientes sois iguales.

"Supongo que estará usted de acuerdo conmigo en que la esencia del progresista contemporáneo es su falta de creencias. Los marxistas, hasta Gramsci, creyeron en la revolución violenta y la conquista del poder político; y en los años sesenta confiaron en que la destrucción de la cultura judeo-cristiana alumbraría el hombre nuevo anunciado por sus profetas.
Hasta ese momento, muchos de ellos creían sinceramente que el socialismo era el paraíso, el modelo perfecto de ordenación social, y realmente envidiaban a los habitantes del este de Europa. Tras la caída del Muro de Berlín, los herederos de la tradición de izquierdas ya no creen en nada, salvo en la necesidad de vivir a costa ajena. Los progresistas ya no quieren el advenimiento del socialismo, ni mucho menos la revolución proletaria, sino simplemente preservar su nivel de vida a través de la depredación presupuestaria y la creación de un injustificado complejo de culpa en los demás.

Ya ni siquiera la honestidad intelectual les sirve como atenuante en su labor destructora. Atacan todos los principios y valores que nos han hecho libres y prósperos, simplemente, porque es la actitud más rentable en términos de marketing. De hecho, los autodenominados progresistas saben perfectamente que si sus ideas se llevaran a la práctica, los primeros perjudicados serían ellos mismos, en tanto que forman parte de las clases más acomodadas, las primeras que sufren los efectos de las políticas que patrocinan; de ahí que lleven un cuidado exquisito en hacer en su vida privada exactamente lo contrario de lo que predican en público.

El progresista finge un estado de encandilamiento cuando se refiere a las conquistas del régimen de Fidel Castro o cuando muestra su apoyo a los movimientos antiglobalización. Por supuesto, no soportaría vivir en Cuba ni prescindir de las ventajas que el fenómeno de la globalización ha convertido en cotidianas para la mayoría de los ciudadanos. Tampoco hay noticia hasta la fecha de que un líder de progreso lleve sus hijos a la escuela pública, o de que haya pisado alguna vez la puerta de urgencias del hospital de Leganés. Pero, eso sí, en los manifiestos en defensa de la educación pública y en las campañas estilo "Queremos que nos trate el doctor Montes", sus firmas son las primeras.

La izquierda sabe que no es posible dar marcha atrás en la tarea destructiva llevada a cabo por sus intelectuales orgánicos a lo largo del siglo pasado. La gente ha interiorizado de tal forma sus consignas, que sólo cabe seguir huyendo hacia delante para mantenerse en el poder. Los medios de comunicación de masas, los centros de pensamiento y el sistema público de educación han logrado que los ciudadanos acepten como síntoma de modernidad cualquier postura irracional contra el orden establecido. El radicalismo, la subversión, el pensamiento inmaduro, los ataques a la Iglesia, la ausencia de una moral compartida, el hedonismo, el relativismo y la preferencia por lo colectivo frente a lo individual, todo ello es lo que la izquierda ha inculcado a las nuevas generaciones, hasta el punto de que estas lo han interiorizado como filosofía propia.

Estamos, por tanto, en un punto de no retorno. Los líderes de izquierdas saben que la única forma de mantenerse en el poder es seguir alimentando a la población con dosis cada vez mayores de su estupefaciente radical. Si la izquierda se volviera súbitamente honesta y pusiera una nota de sensatez en su proyecto político, sus votantes elegirían otros partidos que les prometieran raciones más abundantes de progresismo: aborto no ya libre, sino obligatorio, eutanasia a discreción, expropiación de viviendas a sus legítimos propietarios, subvenciones cada vez más abundantes a las clases ociosas de progreso...

Los herederos intelectuales de Marx, Gramsci y Marcuse ya no creen en la utopía. El progresismo contemporáneo no quiere saber nada de la vieja tradición socialista, que aún fingía defender principios como la solidaridad o la igualdad. Si le preguntamos a un progre qué valores defiende, nos abrumará con una verborrea basada en el sentimentalismo, la simplificación y la demagogia más grotescos. La izquierda ha pasado de Marx a Suso de Toro, del materialismo histórico de Bujarin al suplemento dominical del País, de Marcuse a Javier Sardá y de la lucha de clases a la educación para la ciudadanía y el puñetero cambio climático. Y lo peor de todo es que la mayoría de la población opina exactamente igual que ellos, aunque no vote a partidos de izquierda.

Su actitud revolucionaria, su odio al capitalismo, su fascinación por los regímenes autoritarios de izquierdas (valga la redundancia) es simplemente la tramoya tras la que se desarrolla la verdadera función: la protagonizada por unos parásitos que necesitan explotar esa imagen y promocionar esos contravalores para seguir viviendo de quienes, ajenos a esta batalla, trabajan y pagan gustosamente sus impuestos, convencidos de que están contribuyendo al progreso de la humanidad.

El progresismo, a causa de su evidente despolitización, es por tanto mucho más peligroso que el socialismo clásico, ya que ha dejado de ser una doctrina política para transformarse en una moral. Si discrepas sobre los datos seudocientíficos que sustentan el movimiento histérico formado en torno al llamado calentamiento global, o dudas de que subvencionar al infecto cine español o a la SGAE sea algo determinante para la supervivencia de la cultura occidental, no te consideran una persona equivocada, sino un sujeto depravado sin posibilidad de redención. Ante esto hay quien prefiere acomodarse al pensamiento hegemónico y pasar por civilizado, pero en mi caso les aseguro que jamás pensé que me sentiría tan feliz siendo un "inmoral". "

 

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